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22 abril 2012

O' CAPINTEIRO



Ella estaba allí, no se la veía y sinembargo se da por seguro. El carpintero, sin apenas fuerzas para respirar, se niega a creer que ha llegado. Tiene la vista fija en la puerta de entrada viendo el brillar la larga y afilada hoja; la guadaña segadora de vidas reluce.
Llega su fin. Rechazá la extremaunción y aún más, no hay forma de acercarse a él. Se aferra a la poca vida que le queda. Pelea por alcanzar el remington. El viejo rifle que siempre apoya en la cabecera de la cama, es su único consuelo pero todos sus esfuerzos son inútiles, nada puede hacer, lo sabe y no se rinde. Ya todo acaba; la dama de la guadaña espera con paciencia, oculta en la oscuridad de la habitación.

El carpintero nunca gozó de las simpatías de sus vecinos y razones no les faltaban; desde pequeño mostró su inclinación al mal. Viajó como los lobos en la noche, recorrió montes, valles y aldeas cercanas y lejanos, eso si, siempre acompañado del rifle y de sus insaciables ansias de dominio. Al carpintero, todo cuanto tenia, y era bastante, le parecía poco, y lo que no obtenía de buen grado lo conseguía por la fuerza; hasta se apropio de cuanto a sus hermanos correspondía y se fueron marchando, uno tras otro viendo como su padre no tenia ojos más que para él, quizás por que sabía que había heredado el mal. Poco a poco, fueron dejando de volver hasta que finalmente desaparecieron de su vida. Quedó solo con su viejo rifle remington y con su maldad, heredada o no, pero lleno de vileza.

El carpintero aprendió bien el oficio de su padre y se convirtió en un afamado “constructor de carros”. Al principio se desplaza a fabricarlos a las casas que se lo encargan, allí comía y dormía hasta terminar su obra, y en algunas casas aprendió a disfrutar de las mujeres de otros aunque no siempre salia bien parado. De aquellos inicios le viene a él, no el remordimiento pero si un cierto desasosiego. Fueron los tiempos de su amor por Alicia la hermosa mujer del maestro Santiso, un amor por nadie conocido, tan intenso que le llevó a la felonía pues el deseo de amarla despertó sus ansias de poseerla y lo condujo al crimen. Un crimen ignorado, desconocido, oculto tras una extraña desaparición ocurrida un día del mes de Julio cuando el maestro Santiso abandonó su casa llevando de la mano a su hijo para visitar, su no muy lejana aldea natal, nunca más se volvió a tener noticias de ellos.
Con la “desaparición” del marido y del hijo de Alicia atribuida,según los falsos rumores, al abandono voluntario; el “constructor de carros”, pudo forzar a la desamparada mujer y gozar a su antojo de su hermoso cuerpo sin impedimentos. No hubo alma alguna que contemplara al carpintero interceptando el paso al maestro Santiso y a su hijo cuando regresaban a su hogar. Nadie escuchó los disparos que segaron sus vidas; tampoco fue visto arrojando sus cuerpos en la oscura y profunda boca de la caverna.
Algún día en la cercana cueva de Toldaos, se descubrirán los restos de un adulto y un niño con el cráneo perforado por una bala de rifle remington.
El carpintero nunca tuvo el menor remordimiento, muy al contrario se despertarón sus ansias de sangre, y en la recién declarada guerra civil española, descubrió un campo de operaciones donde el “constructor de carros” disfrutaba como un pez en el agua, persiguiendo, cazando, cuando no matando, maquis ocultos en los montes.

Si alguien pudiera ver el rostro del ya viejo carpintero, observaría el horror reflejado en su cara, claro que nadie lo ve. Va morir solo, sin nadie a su lado y pensando que hay quien se alegrará y dirá que merecido lo tenía. Está solo en la estancia porque así lo quiere, ya no hay vuelta atrás, la vida le abandona, la guadaña se acerca; quiere hacerle frente pero no puede alcanzar su rifle, no puede soltar al lobo que tiene agarrado por las orejas, no puede ni arrepentirse. El rifle cae con estruendo al tiempo que aparece en la puerta el sacerdote con el viatico. El viejo carpintero expira. La muerte que a todos conmueve, abandona con indiferencia al constructor de carros, cazador de maquis. Son pocos los que se apenan, si es que hay alguno, son más en los que se puede percibir entre dientes: ¡Tanta paz lleves como dejas!.

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